miércoles, 20 de abril de 2016

Reseña de Linchamientos: la policía que llevamos dentro


Libro Linchamientos. La policía que llevamos dentro, ed. Quadrata / Pie de los Hechos, (Ariel Pennisi y Adrián Cangi editores).
ISBN 978-987-631-087-1

No hay, decimos, culpables a la vista, pero hay multiplicada gravedad. Hay arquetipos inconscientes. Lo que ocurre necesita imagen y es de fuerte visibilidad. Al contrario de la degradación humana que introdujo el terror militar en los ‘70, que necesitaba de su invisibilidad para intimidar, del lugar vacío y no de lo público y notorio. La eficacia recóndita del anónimo pateador de la cabeza de un ladronzuelo sangrante en el pavimento es lo contrario-complementario de lo que precisó la napa profunda de la sociedad para saberse aterrorizada hace treinta años: lo incorpóreo, lo etéreo inimaginable, la sangre no vista. Lo visible, ahora, es un llamado del destino. ¿Hay esa clase de dioses acaso? No, pero están los medios de comunicación masivos, el capitalismo informático, que quizá sin saber acumula signos como plusvalías icónicas de coacción.

Horacio González


El libro Linchamientos. La policía que llevamos dentro presenta una serie de artículos de diversa índole. Algunos intentan pensar al calor de las circunstancias arriesgando categorías o apenas preguntándose por las condiciones mismas de ese intento… de pensar. Otros buscan conectar los hechos con lenguajes que nos ayudarían a procesarlos (escritura, cine, etc.). Los hay militantes, periodísticos, ensayísticos, historiadores. Por otra parte, el armado del libro muestra secciones que darían cuenta de formas posibles de inscribir lo doloroso e inasible en análisis posibles según diferentes registros, sin conjurar la complejidad en juego. Así, los artículos recorren desde miradas elaboradas en el conurbano en torno al trabajo colectivo, trabajos sobre el problema del cuerpo y la violencia, llamamientos políticos, cuestionamientos a la justicia y a la policía, hasta trabajos que dan cuenta de la historia de los linchamientos en Estados Unidos y situaciones de linchamientos en América Latina. Los nombres dicen mucho y cuando no dicen inmediatamente lo hacen por el peso de los textos: Horacio González, Luis Mattini, Raúl Cerdeiras, Alejandro Kaufman, Horacio Verbitsky, Gregorio Kaminsky, Colectivo Juguetes Perdidos, Adrián Cangi, Marcelo Burello, entre otros. 

Es tan irresponsable por parte de dirigentes políticos y medios de comunicación con ascendente sobre públicos masivos avivar el fuego reaccionario que reposa en la impotencia del llamado “ciudadano de a pie”, como irrisorio el discurso lavado de los progresismos oficialistas y no oficialistas. Uno y otro permanecen en el terreno de la reacción. El modo en que el término “inseguridad” circula y se hace carne nos pone a pensar en un dispositivo, es decir, no una palabra que inmediatamente designa algo puntual, sino un conjunto de elementos de distintos registros –discursivos, prácticos, fantasmales, históricos, emocionales, etc.– que tienden a orientar la percepción, el humor y a veces la reacción de cualquiera.

Así, la agenda pública, en lugar de albergar la pregunta por los modos que asume la vida en común –que pondría en juego la idea del cuidado mutuo, formas de darse de la democracia, entre otras– se dirime entre una posición que demanda “seguridad” al Estado, como una prestación destinada a  honestos buenos vecinos que pagan sus impuestos, y otra que simplemente se regodea en su corrección política, respaldada por la bandera de los derechos humanos, es decir, los derechos humanos como bandera. Como dice en su artículo Horacio Verbitsky: “La transversalidad cavernaria de estos días es similar a la de 2004, cuando legisladores del Frente para la Victoria y la UCR votaron las leyes redactadas para el ex ingeniero Juan Carlos Blumberg por su abogado, el ex subsecretario de Justicia de la dictadura Roberto Durrieu.”

Nuestro tiempo histórico y local tiene espacio en la contienda del sentido para los linchamientos y su reproducción mediática, bajo la forma de la noticia y su fatídico régimen de repetición. Así, junto a las imágenes y titulares, desfilan dirigentes y periodistas, pero también autoridades religiosas, entre compungidos y gozosos que esgrimen argumentos –muy escuetos, por cierto– entre la penuria y la justificación. No es la coreada “ausencia del Estado” el contexto favorable a los linchamientos, sino la ausencia de problematización colectiva acerca de la vida en común y de espacios apropiados para esa necesaria reflexión. En todo caso, nos toca vivir un contexto de actores replegados y de fuertes diferencias en el orden del reconocimiento público.

El libro va delineando de manera heterogénea argumentos y contra-argumentos, así como rastreando las formas que los discursos virtual y mediático fueron tomando. En ese sentido, plantea que es muy pobre el planteo que insinúa la “emoción violenta” del linchador, ya que, dentro y fuera de los procesos judiciales tiende a justificar o disminuir la responsabilidad de los involucrados. El linchamiento, si intentamos comprenderlo como dispositivo, parece la cristalización de líneas de distintos órdenes: desde el racismo neto, pasando por la construcción de la idea de indefensión colectiva, hasta la moral abstracta que equipara el robo uno a uno con el asesinato, por parte de un grupo, a una persona considerada nada menos que “malviviente”, reproduciendo un sentir binario que ubica en la imaginaria vereda de enfrente a los que viven de acuerdo a quién sabe qué “bien”… Dispositivo, también, porque su existencia se vale de ingredientes difíciles de prever en una receta: noticias altisonantes, conversaciones de ascensor acumuladas en el cuerpo, testimonios directos de crímenes con consecuencias dramáticas, recuerdos de la moral escolar sarmientina –hay un Sarmiento a nivel inconsciente que no es el gran ensayista–, la tristeza de un cuerpo social disminuido cotidianamente en su capacidad de vincularse, pensarse y transformarse, un historial de resignación ante injusticias varias, etc. Es decir, el linchador se configura históricamente, pero tampoco es una “víctima del sistema”.

El dispositivo, en la medida en que, ya entramado en los modos de interpretar y comportarse, orienta la acción, conlleva una moral. Moral abstracta de la inseguridad que, en este caso, retorna como crueldad concreta frente a un otro reconocido solo a través del andamiaje interpretativo preparado para determinado modo de procesar apariencias. ¿Desubjetivación del cualquiera o subjetividad linchadora? Parece no alcanzar con el batifondo neurótico de las vidas, que, mal que mal, algo suele hacer con las fuerzas que desbordan. La libido amenazante sigue cargando espaldas cuando no se libera para inventar otra cosa ¿El linchamiento como brote? ¿Será necesario un psicoanálisis político que reorganice los términos de la escena?

Cuando se consuma la victoria de la Ley como principio de ordenamiento social, cuyos agentes principales en un comienzo son los padres e instituciones que ejercen un “poder exterior” (como lo llama el propio Freud) y se sostiene mediante distintos modos de producción (producción de “lo social”) y reproducción de relaciones y valores, cala de tal modo en lo más íntimo de la subjetividad –de hecho, en parte la forma–, que ante circunstancias de agitación de temores e interrupción de esa tensa normalidad cotidiana marcada a fuego, se sueltan las energías del sobreadaptado o del pusilánime, pero no en los albores de un proceso anárquico ni nada que se le parezca, sino más bien en la dirección del afianzamiento del principio de autoridad. Solo que esta vez no se trata claramente de la autoridad del Estado, sino de una idea más difusa de autoridad (“que alguien haga algo”). Del principio de autoridad como legitimación de los linchamientos, a los linchamientos como producción ad hoc de legitimación del principio de autoridad. Disciplina e indisciplina parecen mezclarse: por un lado, una suerte de militancia por la rutina, una defensa denodada de sobreentendidos “valores” y enunciados más estadocéntricos que el Estado; por otro, el castigo más allá de todo contrato y de toda puesta en común previa, el pequeño delito (o su apariencia) pagado con el asesinato de “todos” contra uno, a manos de vecinos, trabajadores, integrantes de alguna familia, usuarios de Facebook, devenidos, quizás por primera vez en sus vidas, desobedientes de la ley. Pero la fórmula de este populismo es siniestra: indisciplinados en favor del principio de autoridad. El subtítulo del libro es tan descarnado como cierto: “La policía que llevamos dentro.”


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